Sin duda, la  ciudad que fundara Francisco Pizarro, no es la misma, pero  conserva el carácter que desde el Virreinato le imprimieron sus fundadores: la capitalidad, categoría que conserva hasta nuestros días por ser el principal centro político del país; Lima  pues  sigue siendo el eje de todo.  Lima no fue fundada al azahar por Pizarro, sino por la  observación y la experiencia; los españoles  reconocieron las bondades de su extenso valle,  su cercanía estratégica  al Pacífico y su conexión  con el resto del mundo.  Durante la colonia  fue sede de las primeras y  principales instituciones, así como centro del movimiento comercial de toda la América  española.  En la República tras la Guerra del Pacífico, y su infausta incursión sobre la ciudad  capital, se inició un proceso de modernización. Derrumbadas las murallas  virreinales,  Lima fue algo más que el “Damero de Pizarro”, creció y se convirtió en un espacio donde convivirían los testimonios del pasado y nuevas expresiones arquitectónicas y urbanísticas.

¿Lima crece pero no como debería ser?

 

Hoy se  muestra  como una ciudad de crecimiento hipertrófico, en déficit en aspectos básicos como   vivienda,  transporte, espacios  y servicios públicos.  Los  antiguos limeños fueron maestros en el dominio del espacio, en su capacidad de resolver los desafíos y enigmas de la naturaleza y en su conocimiento para levantar estructuras monumentales;  la claridad con la que ocupaban el territorio: de un lado estaba la zona de irrigación; y del otro, el lugar donde se desarrollaba la ciudad, barrios,  zonas de producción, zonas de residencia, templos; como todavía se puede ver hoy en Cajamarquilla, una enorme ciudadela  de unas 160 hectáreas de extensión en el distrito de Ate. Había planificación y urbanistas, que en función de  su  estructura social y política diseñaban  sus  espacios, barrios y asentamientos.

Lima tiene potencialidades  excepcionales: ubicación geográfica privilegiada en América Latina, borde costero, cuencas de tres ríos, una población emprendedora. Tenemos que volver a  aprender  de esa planificación territorial de los limas  e ichmas.  No ver esos temas como cosa del pasado;  construir sin destruir la memoria,   que   nos sirve para diseñar mejores espacios públicos y para construir ciudades más amigables,  que estén en función y al servicio de la calidad de vida de sus habitantes.

Que la ciudad de  Lima, próxima  a cumplir 483 años de fundación, crezca por planificación y no por invasión, la clave está en la claridad de objetivos, visión de futuro y la sintonía de proyectos de desarrollo.