Las culturas del Perú antiguo veneraban  recursos  como el  agua y la  tierra, y sobre todo   tenían un profundo respeto a la naturaleza; por ello, los ingenieros y arquitectos antes de trazar nuevas metrópolis o ciudadelas hacían un estudio meticuloso  sobre  los fenómenos naturales  que  podrían presentarse en el tiempo; también,  identificaron los cambios periódicos en el caudal de los ríos; por esta razón, establecieron sus ciudades, pueblos y aldeas en las partes altas  de los  valles, lejos de la fuerza devastadora  de los ríos que tantas vidas y pérdidas económicas generan actualmente.

En el Perú existen tres grandes agrupaciones de  cuencas hidrográficas, que contienen el 4% del agua dulce de todo el planeta. La cuenca del Pacífico, con sus 53 ríos, suele producir entre el 60 y el 70% de su descarga entre los meses de diciembre a marzo. Nuestros antepasados, para contrarrestar los efectos del Niño, forestaban completamente las partes altas de las cuencas, tal como se evidencia en algunos lugares con la presencia de bosques completos; inclusive, tenían un   bosque ribereño en las márgenes de los ríos, para lo cual  usaban el huarango, árbol que tiene raíces de gran desarrollo y profundidad, evitando de ese modo  que el río se rebase. El río podía crecer, salir de su cauce, pero no afectaba viviendas ni campos de cultivo.

Conocido también, como “faige”,”espino” y “laque”; tiene un  valor no solo foliar sino también  ornamental. Es nativo del  Perú y Ecuador; crece en forma espontánea en muchos lugares semiáridos de la Costa, Sierra baja y Sierra media. Usado como cercos de terrenos de cultivo, en  terrenos de tierra suelta y en donde se necesite plantas que requieran poco cuidado.

En Lima hemos matado la relación que teníamos con la naturaleza, contaminado sus ríos,  estrangulado sus canales y el verdor que infundían. Planifiquemos  nuestras  ciudades. Anticipar el futuro nos permite estar mejor preparados.

Hasta  muy  pronto.